lunes, 11 de julio de 2016

Muerte prematura

Hacía tanto, tanto frío... No se sentía los dedos de las manos, no podía notar los guantes sobre su piel tirante, tampoco el salir de su aliento caliente y húmedo a través de los labios, la estepa era un lugar difícil, de clima extremo, especialmente en esa época, un lugar vasto pero apenas habitado... Definitivamente, como chica noble, de ciudad atestada, calles de piedra gastada y clima templado, no le gustaba. Pero... El trabajo era trabajo, y cuanto antes reconocieran la llanura, antes podrían regresar al calor de Fortuna.

_Estableceremos aquí nuestro campamento, mañana nos pondremos manos a la obra y en un par de días podréis estar de vuelta...

_¡A la orden!_ Eleon respondió a su esposa y superior con una ancha sonrisa, tres divisiones con sus tres capitanes y su general, la joven Dwynna, habían sido enviados a reconocer la Estepa de Ventoscuro para posibles intervenciones militares en un futuro, una gran llanura ahora cubierta de nieve y con un cielo oscuro durante seis meses, de vegetación y fauna escasa, además de baja densidad de población. 

Acatando la orden de su superior, cada uno se puso manos a la obra con la tarea que se le había asignado antes de partir, unos encargarse de levantar el campamento propiamente dicho, otros de los víveres, asegurar el perímetro, asegurar una fuente de calor y la seguridad del grupo. Todo estaba previsto, pocas cosas podían escapar al control de la reconocida Dwynna Liangchich, pero al fin y al cabo era un ser humano, y como tal, no era omnipotente... Por mucho que lo desease.

Al abrigo de una fogata, todos cenaban bajo la noche cerrada de la estepa, relatando viejas anécdotas, bromeando alegremente sobre temas sin importancia... Noches así eran las que les gustaban a la pareja, noches que a pesar de lo duro del trabajo, eran felices, y pese al frío de la estepa, cálidas como pocas. Porque al fin y al cabo... ¿Que frío podría superar al calor de los amigos y la familia?

Quizá el de la muerte

Terminada la cena y la charla unos dormirían mientras se turnaban para cumplir las guardias, ella incluida. Pese a su rango se había asegurado de que muchas cosas siguiesen igual, y entre ellas el trabajo dentro de las divisiones, más concretamente de su trabajo. Eleon siempre decía que se sobreesforzaba, que tenía que renunciar a algunas cosas, ser General implicaba mucho papeleo, muchas misiones, debates, reuniones, y si por encima quería seguir con el trabajo de campo, terminaría volviéndose loca... Pero nunca le hacía demasiado caso para su desesperación, y al final Eleon acababa haciendo el papeleo con ella, horas y horas de madrugada leyendo documentos, tomando decisiones, leyendo y sellando, leyendo y sellando... Pero al fin y al cabo, era tiempo juntos, y lo que hiciesen era lo de menos.

Su guardia llegó en la madrugada del día 21, incapaz de distinguir nada mas allá de sus propias narices en una noche sin luna, que ni siquiera las estrellas se atrevieron a profanar con su luz titilante. Prometía ser una noche tranquila, sin embargo ella no conseguía respirar con normalidad, algo alteraba su paz interna, su equilibrio se veía amenazado por algo que no podía ver. Al fin y al cabo, por muy alto que subieran en el escalafón no podía obviar el hecho de que eran humanos, con sus limitaciones... Hacía tiempo había escuchado hablar sobre los umbrales absolutos, recordando ahora que el de la visión se encontraba en descubrir la llama de una vela a 50 metros de distancia bajo un cielo nocturno despejado.

De haberse cumplido en ella, podría haber visto el brillo de las antorchas de un antinatural tono verdoso moverse en la penumbra... Pero no lo hizo. Nadie se lo reprocharía. Para cuando sus sentidos alcanzaron a darse cuenta de que algo iba mal, ya era demasiado tarde. El brillo argénteo de una punta de flecha relució unos instantes que se le antojaron eternos antes de hundirse a escasos centímetros de su corazón. No habían acertado en el lugar clave, pero la herida sería mortal. Eso no obstante no fue motivo para dejarse caer, levantando al campamento con un grito de alerta que también fue la señal para que sus asaltantes comenzaran a estrechar el cerco, asediarlos sin darles más opción que luchar y morir allí. 

Partiendo en dos el tubo de la flecha estrujó las plumas entre sus manos enguantadas antes de gruñir y echar mano del mandoble clavado sobre la nieve. Notar aquella fría punta insertada entre sus costillas era un tormento de lo más desagradable, literalmente se moría por sacar ese trasto de ahí, pero así solo aceleraría su muerte, debía aguantar. Sus divisiones pronto acudieron a su llamada, y ella agradeció que en la oscuridad no pudieran distinguir la ropa que poco a poco se empapaba de aquel líquido rojizo, que goteaba hasta teñir la nieve del mismo color. 

_ Vigilad los flancos, los arqueros manteneros en la retaguardia en una zona elevada para abatir a cualquier enemigo que veáis.

Ordenó haciendo un notable esfuerzo por encubrir su estado, algo que no pasó desapercibido para su esposo, Eleon no era tonto y sabía cuando algo iba mal en la mujer con la que compartía vida desde los diez años. Quedándose a su lado le transmitió un apoyo mudo y cómplice que solo aquellos que se conocen de verdad pueden tener, aguardando con palpable tensión a que los enemigos se descubrieran. 

Pero no ocurría nada. Y eso no era posible. El calor de su sangre y el frío de la flecha evidenciaban que no había sido fruto de su imaginación. Los minutos pasaban y la quietud estaba a punto de desquiciarla.

_ ¡Arqueros, prended las flechas y disparad lo mas lejos que vuestros arcos puedan... Ahora!

Cumpliendo sus órdenes, las filas de arqueros prendieron las flechas y dispararon al unísono, como el equipo de élite que eran. Su plan era que su resplandor llegase a iluminar la oscuridad que los envolvía, y lo que vieron gracias a su maniobra heló sus corazones, algo que el frío de la noche esteparia no pudo.

Una horda. Esa era la palabra. Horda. ¿Cuando habían llegado? ¿Cómo habían sabido que estarían allí? Cruzar la llanura requería días y de haber seguido su rastro, se habrían percatado. No. Ya estaban allí, esperando. Esperando a que se relajasen al calor del fuego y las historias. Esperando para darles caza. 

Viéndose descubiertos comenzaron a avanzar haciendo alarde de una fiereza temible, no llegaron a distinguir que clase de armas portaban pero tampoco tenían ganas de averiguarlo. A una orden de Dwynna todos reaccionaron y se prepararon para el combate, los arqueros alternaron entre flechas ígneas y corrientes, las primeras servirían tanto como para iluminar como para prender a posibles enemigos, y las corrientes iban dirigidas a crear un ambiente caótico y lacerante que realentizase su frenética carrera. 

Eleon encendió las antorchas del campamento de modo que pudieron ganar cierta ventaja con la iluminación, cuando penetraron en ese campo iluminado comenzó la verdadera carnicería, y pronto la nieve se vio salpicada de sangre tanto aliada como enemiga. Un escenario grotesco que se prolongaría durante horas, mermando su resistencia, su salud. Dwynna hacía rato que había abandonado el mandoble, a la par que a ella la abandonaban las fuerzas, y salía al paso alternando entre la magia y las dagas que portaba como armas secundarias, y aunque contase con el apoyo de su desesperado esposo, estaba claro que le quedaba poco para caer, y lo haría luchando, como debía ser.

El sol despuntaba tras las lejanas cordilleras que ponían fin a la Estepa de Ventoscuro e iniciaban un nuevo lugar, el campamento había sido reducido, las tres divisiones de Lyrca, derrotadas. El factor sorpresa, el territorio desconocido, la climatología y la ventaja numérica habían inclinado la balanza en favor de sus atacantes anónimos, pues no veían blasón o escudo que reconocer. Ni siquiera ese flaco favor les habían hecho... Saber quiénes los mandaban a su prematura muerte.

Cuando Eleon despertó hacía unas horas que había amanecido, y un tímido sol trataba de calentar su cuerpo destemplado sin mucho éxito. Le costó recordar dónde estaba, el tacto de la nieve, el dolor lacerante, una sensación de angustia que trascendía al cansancio... ¿Dwynna? ¿Dónde estaba su esposa? Gracias a un esfuerzo sobrehumano y una capacidad de sobreponerse al dolor físico consiguió ponerse en pie, el panorama que se mostró ante él era desolador: los cadáveres de sus compañeros tendidos al sol, desgarrados, ensangrentados, algunos aún sujetaban con firmeza las armas con las que habían caído. Ni siquiera la caricia del sol podía aliviar el frío que sintió caminando entre la nieve y la Muerte, buscando un atisbo de vida, y que éste se produjese en el cuerpo de la única mujer que había en esa misión, su esposa.

Paseó esquivando a sus compañeros, viendo sin realmente ver, si mantenía un mínimo de concentración era posible que perdiese la cordura, todo era tan desolador, tan vacío, estático... Pero el humo de una antorcha apagada recientemente rompió esa atmósfera y atrajo su mirada, descendiendo por la gastada madera, llegó hasta el suelo y distinguió a alguien apoyado allí, cuyo cabello largo y azabache era inconfundible.

_ ¡¡Dwynna!!

Olvidando el dolor, el miedo y la tristeza acudió al lado de su esposa, observando con horror que seguía viva, pero que su vida llegaba a su fin, ante él, ante quien la amaba. La mano sobre su pecho aún rezumaba sangre caliente que derretía la que ya se había convertido en escarcha carmesí, todo su hermoso uniforme estaba rasgado, sucio, quemado, dejando ver la carne ennegrecida o el brillante rojo de la sangre.

_ ... Dwynna ...

Al borde del llanto se arrodilló ante ella, deslizando su cálida mano por su fría mejilla, recibiendo como recompensa una débil sonrisa y una mirada de aquellos ojos celestes como el cielo que los cubría ahora, esos ojos que le habían hechizado desde el fondo de un pasillo en una academia que hasta entonces se le había antojado anodina y odiosa. Pero no debía llorar, no era esa la imagen que quería que se llevase de él, un patético intento de militar sollozando como un niño impotente.

_ Eleon... Sigues... Sigues vivo... _ La joven ensanchó aún más su sonrisa, permitiendo ver unos dientes manchados de sangre pero emitiendo una de las sonrisa más dulces y cándidas. Solo él podía verla, era su privilegio, su pequeño tesoro.

_ No me iría sin ti Dwynna, ya lo sabes... No... No podría..._ Respondió, tratando de igualar ese comportamiento que exhibía, una sonrisa, algo tan simple pero que no fue capaz de formar con la seguridad que debería.

La aludida cerró los ojos, sobresaltando a su esposo al pensar que ya la había perdido, por suerte su pecho desmintió esa idea con una espasmódica respiración, fruto de un sollozo. Dwynna estaba llorando. Lágrimas transparentes surcaban sus sucias mejillas, no temía a la muerte, pero si a dejarlo allí, a dejar la vida que se habían prometido en la adolescencia, no habría familia, ni retiro, una casa pequeña en las afueras del reino... Pero aún les quedaba el Otro Lado, la tierra que recogía a los muertos, donde vivirían eternamente cuando a él le llegase su momento, dentro de muchos, muchos años.

_ ... Te esperaré, Eleon ..._ No necesitó indicar a qué se refería, ambos lo sabían bien. El joven sucumbió a la rabia y la pena y al igual que ella dejó resbalar las lágrimas por sus mejillas, llevando la mano libre de su esposa hacia las mismas para que sintiese el calor de la vida, antes de que escapase de su cuerpo para siempre.

¿Realmente para siempre?

Eleon creyó escuchar algo, pero lo descartó. Nada debía distraerlo de acompañar a su esposa en sus últimos momentos. Sosteniendo la mano de Dwynna contra su pecho acelerado dejaron pasar el tiempo, mirándose a los ojos, celestes los de ella, ámbar los de él... Esos ojos que siempre le habían transmitido la apacible calma de una vida fuera de la ciudad, humilde, lejos de obligaciones y quehaceres. Prendada de esos ojos acaramelados exhaló su último aliento, abandonado ya ese mundo para siempre, su lugar estaba ahora en el Otro Lado. 

Lo sabía. Sabía que iba a pasar, que ocurriría... Lo estaba viendo. Aquella flecha alojada en su pecho que había intentado disimular, los tajos de espada, quemaduras, magia... La pérdida de sangre había acelerado la pérdida de calor, y con ello la congelación que ya hacía mella ennegreciendo sus dedos y tornando azules sus carnosos labios... El destino era tan cruel... Pero ni la Muerte ni el frío lograban mancillar su belleza a ojos de Eleon, casi parecía que durmiese, que descansase tras una larga batalla... Durante horas la contemplaría esperando que despertase con un sencillo Buenos días... Pero ese momento jamás llegó. 

Siendo consciente por primera vez de todo lo sucedido rompió a llorar a voz en grito, sus lamentos se extendieron por cada metro de superficie. Ya no le importaba que le escuchasen, que alguien acudiese en su ayuda y le encontrase derrotado sobre el cadáver de su esposa, le daba todo igual. Porque la había perdido, la había perdido para siempre...

"¿Para siempre?"

De nuevo, de nuevo esa voz...